El corazón lleno de nombres

Al final del camino me dirán
- ¿Has vivido? ¿Has amado?
Y yo sin decir nada,
abriré el corazón lleno de nombres...

Pedro Casaldáliga

sábado, 8 de marzo de 2014

Fajitas de pollo

Hace poco más de un año empecé a tomar contacto con la oración contemplativa: aprender a hacer silencio y simplemente "estar" frente a Dios. Hacer a un lado el exceso de "rollos" para escuchar más, y sobre todo, bajarle a la ansiedad de tener que "llenar el tiempo"  con palabras. Aceptar que un modo válido de estar con Dios es simplemente eso: estar callados, sin que tenga que haber de por medio alguna revelación especial, sentimientos alborotados, o un espacio de auto-análisis tipo "querido diario...".  Algo así como cuando en un espacio de verdadera intimidad con alguien te quedas sin palabras, y eso es lo mejor de todo.
Suena sencillo, pero confieso que a mí se me resiste. Soy intensa, reflexiva, sentimental y tengo además una imaginación descontrolada. Así que los primeros intentos (y los segundos, y los terceros) por hacer silencio, respirar y no moverme, terminaron en bastante frustración.  Algo me estaba faltando, porque la sensación era de estar chocando contra una pared. Parecía que el acento estaba en aguantar: aguantar la comezón en la nariz, el dolorcillo instalado en un omóplato. Aguantar también (y eso es mucho más importante) la tentación de ir rápidamente a checar mi correo y de una vez ver las noticias, y asomarme a Facebook, y... fin.
Al pasar las semanas mi culpa y frustración subía y bajaba. Si lograba permanecer quieta y concentrada, quedaba contenta. Si me vencían las distracciones, me quedaba con cierto fastidio, enojo conmigo misma y la sensación de que el hilo de mi relación con Dios se iba haciendo cada vez más tenue.

Una mañana me dije: ahora sí. Dejé la computadora apagada y lejos de mis manos. Me senté en mi rincón del sofá, con mi té preparado. Crucé las piernas, junté las manos, cerré los ojos, respiré profundo algunas veces... y mi primer pensamiento luminoso fue: "¡FAJITAS DE POLLO!  Queda perfecto para la comida de hoy". Medio segundo después, el primer regaño de mi conciencia: "¡No tienes remedio!"... pero entonces pude casi ver a Jesús: sonrisa ancha, ojos de risa, y diciendo mientras se sentaba en el sillón: Ok, Clara, cuéntame qué vas a hacer de comer. 
Me dieron ganas de abrazarlo con lágrimas en los ojos. ESTE eres Tú. El amigo con el que puedo estar callada a veces, pero con el que puedo reír y llorar también.  El que me acompaña a la cocina y al mercado. El que me comparte su inmenso dolor cuando leemos juntos las noticias. Este, el compañero con quien comparto una larga historia, a veces tormentosa, siempre apasionante.
Volví a entender lo básico de la oración: los métodos ayudan, pero lo que de verdad importa es la historia de relación que se teje día con día. La oración no se califica del uno al diez, nunca. Porque no se trata de mirarnos a nosotros mismos, y de ir subiendo puntos en el ranking imaginario de los místicos. Se trata de estar con Alguien del modo más cercano posible. Y ese "modo" no depende de nosotros, porque (ese es el otro básico), una relación es de dos. Y en este caso, Dios mismo es el primer interesado, y nos busca, nos ronda, nos alcanza...
Ese día hablamos de pollo y arroz. De ingredientes para ensalada. Pero lo que pasó ahí fue mucho más que eso, porque ese día recuperé la libertad. Y todavía más importante: sentí que recuperaba, paso a paso, mi propia identidad y mi amistad más honda. Después de un rato me quedé callada. Un silencio lleno de asombro y gratitud, parecido al que se hace cuando cierras los ojos saboreando un chocolate extraordinario. O cuando los abres grandes para no perderte ni una chispa de los cohetes en una fiesta.
Clara Malo C, rscj

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