El corazón lleno de nombres

Al final del camino me dirán
- ¿Has vivido? ¿Has amado?
Y yo sin decir nada,
abriré el corazón lleno de nombres...

Pedro Casaldáliga

jueves, 17 de abril de 2014

Perfume y catedrales

Hace unos años tuve la oportunidad de quedarme maravillada frente al rosetón de una catedral. Me conmovió profundamente no sólo la belleza, sino también los años y años de paciente esfuerzo de quienes tallaron la piedra para dejar construida una obra sólida, hermosa, un canto a Dios que mereciera el esfuerzo de una vida. Mi pregunta en ese momento fue ¿cuál va a ser mi catedral?  No sé qué me esperaba o imaginaba; he vivido hasta el momento varias experiencias espectaculares, he tenido una suerte increíble y he realizado cosas de las que me siento muy satisfecha. Pero la pregunta quedó ahí.
Vivimos una cultura que nos invita a los "grandes logros". Y es válido el deseo de dejar tras nosotros algo que trascienda y permanezca. La opción clásica es el trío: un libro, un hijo o un árbol. Pero si miramos a Jesús, o a las personas que él señaló como modelos de vida en el Evangelio, vemos un modo muy distinto de dejar huella. 
Pienso en la viuda pobre, la de las dos moneditas. Sabemos de ella porque Jesús la señaló con admiración. ¿Qué hizo de importante? No sabemos nada de su vida, pero Jesús vio lo esencial: "ha dado de lo que necesitaba, todo cuanto tenía para vivir..." (Lucas 21,3)
Esta semana vemos dos gestos que se tocan: el de Jesús lavando los pies y el de María de Betania, ungiendo a Jesús con perfume. El de María es un gesto de puro amor y gratitud por Jesús, el hombre que devolvió la vida a su hermano. Parece una extravagancia, dinero tirado por la ventana. Pero la casa se llenó del olor del perfume... y Jesús se dejó tocar, envolver por ese olor y esa bendición. 
En la cena de Pascua, Jesús hizo lo mismo por sus amigos, y parece que no entendieron muy bien  de qué se trataba eso. Pero Jesús les estaba enseñando el camino de lo importante: gastarnos por amor en tareas que pueden parecer tediosas, pero que son gestos de amor, como el que Él mismo experimentó en Betania. 
¿Cuál va a ser mi catedral? No importa. Da igual si al final de mi vida no escribí un libro, si no queda una placa con mi nombre, si no tuve hijos. O si los árboles que llegué a sembrar fueron cortados. ¿Qué relevancia tiene eso? Mucho, mucho más importante, es la experiencia cotidiana del amor, el olor que quede al final en el aire... 
Clara Malo C. rscj

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