Miro el evangelio y redescubro tu historia, tan llena de
contradicciones. Vas a Nazaret y la gente no da un peso por ti. Y pasas por la
impotencia; ahí no hubo milagros.
Después, te enteras del asesinato del Bautista, y te llenas
de preguntas. Te urgía silencio y distancia, paz. Pero ahí está la gente,
reclamándote.
Puedo imaginar tu suspiro interior y tu pregunta al Padre: ¿No necesitábamos un tiempo tú y yo? Yo
lo necesito… Pero tienes a la gente delante, y sabes que eso es lo que
toca, y que ahí está el Padre, y que incluso tal vez ahí hay alguna respuesta.
Porque ahí el milagro sí se da. Y el hambre se convierte en
fiesta, y la escasez, en generosidad.
Imagino a los discípulos nerviosos, emocionados, desconcertados… pero tú sigues necesitando espacio y los mandas en la barca. Y la gente sigue ahí: “bendíscame a mi niño”; “me duele mucho mi pie”; “¿Qué debo hacer si…?” Y sigues tocando, bendiciendo, escuchándolos. “Bueno, ya váyase, que es tarde…”. Otro suspiro largo cuando por fin se fueron todos, y empezaste a subir la vereda, casi adivinándola en el anochecer.
¿Cuáles fueron tus preguntas en el silencio de esa noche? ¿Cómo
acomodaste en el corazón tanta vida, tanta muerte, tanto “éxito”, tanto rechazo…?
¿Qué vislumbrabas para el futuro?
Padre… lo que pasó este día me tiene sin palabras. Hoy me dejaste ver,
tocar, vivir tu Reino. El banquete del que hablaban los profetas, donde ya no
hay llanto, ni quejido, ni niños que vivan pocos días.
Qué lejano parecía hoy el palacio de Herodes, con sus fiestas de
violencia, intrigas y sangre. Qué lejos parecería estar la violencia, si no
fuera porque el muerto es Juan, y no puedo dejar de preguntarme si yo correré
la misma suerte.
Qué distinto lo que pasó hoy a lo que viví en Nazaret, mi propia gente,
mi propia familia. No entiendo este misterio: aquí la vida se multiplicó, y
allá no pude ni siquiera ser escuchado.
Pero esta es mi misión. Estos son los momentos en los que me sé
enviado por ti. Porque yo bendije el pan, pero tú lo multiplicaste. Y mis
discípulos lo repartían, pero era como si a través de nosotros estuvieras
haciendo llover el maná. Esto es así de grande, así de misterioso.
Ya es de noche. Entre las olas adivino el puntito de la barca…
Y algo pasó en tu corazón, que tuviste la fuerza y el deseo
de bajar del monte y volver hasta la playa. Y miraste las olas… y decidiste
entrar en ellas.
Tal vez tenías la misma mezcla de sentimientos que después
tuviste al entrar en la pasión. El mar encrespado, las olas oscuras… Pero ahí,
mar adentro, estaban tus amigos y, una vez más, te ganó la compasión, y la
confianza.
Clara Malo C. rscj
muy linda y elocuente reflexión. Gracias Clara
ResponderEliminary... una vez más te ganó la compasión y la confianza.
ResponderEliminarGracias Clara, por tu compartir, porque en las noches oscuras y de oleaje alto me gane la compasión y por encima de todo la confianza en el amor pleno y en la acción del espíritu.
Un abrazo
Maelvi
Gracias Clara!! si Jesús era tan humano como uno con dudas, sentimientos, amor sobre todo, y la grandeza de ser Dios. Que bien lo describes. Gracias yo no sé escribir así de bonito como tú, pero me gana el sentimiento leyendo lo que compartes. Saludos¡¡¡
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