El corazón lleno de nombres

Al final del camino me dirán
- ¿Has vivido? ¿Has amado?
Y yo sin decir nada,
abriré el corazón lleno de nombres...

Pedro Casaldáliga

miércoles, 13 de marzo de 2013

En el regazo de Dios


La lectura de hoy es del libro de Isaías. Una belleza. 
Esta mañana recé escuchando "Rezando voy", y para mi sorpresa, nos invitaban a sentarnos en el regazo de Dios y escuchar su susurro, diciéndonos estas palabras: 

"En los días buenos te he respondido. Cuando las cosas iban bien yo estaba contigo. Te cuidé y te hice sentir que éramos aliados. También en tus sombras, en los días grises, en los momentos de oscuridad, he querido gritarte: “¡Ánimo! ¡Sal! ¡Ven a la luz!” “No te rindas”.
Habrá en tu camino lugares donde descansar. Habrá pan en tu mesa, y aunque haya etapas de desierto, te llevaré hacia oasis donde puedas reponerte. Yo, que te guío, te quiero con pasión. Haré que tus pasos encuentren el sendero y que puedas sortear las dificultades. E igual que tú, otros muchos, hombres y mujeres, de todos los países, de todos los tiempos. Juntos cantaréis, y os alegraréis, cuando os deis cuenta de quién soy Yo.
Sé que a veces pensarás que te he abandonado, que no me oirás, que te asaltará la duda, la desazón o la incomprensión, y te preguntarás si acaso te quiero. Pues bien, no lo dudes: jamás te olvidaré ni dejaré de amarte. Más incluso de lo que una madre quiere al hijo salido de sus entrañas. Yo, tu Dios, te quiero..."
La "traducción" no es mía, es de José Ma. Rodríguez Olaizola. Y después de leerla, creo que no necesito decir nada más...

viernes, 21 de diciembre de 2012

Re-comenzar

Estos días el ambiente está lleno de bromas y comentarios en torno al "fin del mundo". Se han hecho caricaturas, chistes e incluso leí ayer varias versiones de un horario para la jornada, incluyendo extraterrestres, lluvia de meteoritos y otras tonterías.
Quienes conocen mejor la cosmovisión de los mayas, saben que según su calendario en estos días se llegaba al final de un ciclo y al inicio de otro. Los nuevos comienzos siempre son un buen pretexto para alimentar la esperanza, así que también he oído a personas verdaderamente deseosas de que a partir de mañana haya más paz, armonía y buena voluntad en el mundo.
Yo no soy del tipo esotérico y en relación a ciertas cosas mantengo un respetuoso escepticismo, pero reconozco que cuando se pasan tiempos oscuros a una se le alborotan las fibras apocalípticas. No en el sentido popular de "fin del mundo", sino en el sentido de desear una intervención definitiva de Dios que ¡pum!, haga borrón y cuenta nueva. Que aniquile a los malos y premie a los buenos. Fin.
También nos pasa que empezamos a buscar señales, o como ya decía, pretextos para la esperanza. Una esperanza que anida en todos nosotros, que nace de la nostalgia por un mundo menos absurdo, menos violento, más justo, con futuro.
Hace algunas semanas, en medio de la violencia y la confusión que vivimos en México, me sorprendí sonriendo al pensar en la posibilidad de que el 21 de diciembre se terminara todo eso y empezara una era de sensatez, honestidad y compasión. Las lecturas de ese día eran las del inicio del Adviento: "Levanten la cabeza, porque se acerca a hora de su liberación..." ¡Qué ganas de que pudiera empezar un nuevo tiempo!
Y entonces caí en la cuenta: la esperanza a la que se refiere la lectura evidentemente no se refiere al día de hoy, sino a lo que celebraremos dentro de unos días. La presencia pequeñita y vulnerable de un Dios que viene a quedarse con nosotros.
Pero hace falta buscarlo, ponernos en camino... Y una vez frente al pesebre, mirarlo de verdad y empezar a aprender.
La esperanza viene de un Dios que decide hacer un "camino hacia abajo", despojándose de privilegios, status y alabanzas. Que prefiere la solidaridad de pasar la noche en medio de campesinos y pastores. Que elige cambiar el mundo no con una lluvia de meteoritos, sino haciéndose presente. Caminando con nosotros. Enseñándonos nuevamente a ser humanos.
Ni modo... las profecías no van a decirnos otra cosa: hay que volver a Jesús, a los pobres, a la orilla... y confiar en que en esos lugares que parece que no importan, es donde se gesta la esperanza. Aprender de él que el camino para ser humanos pasa por la cercanía, la compasión y la solidaridad.
Y eso sí que sería un nuevo comienzo para el mundo.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Si hoy nos escribiera Filipina



Saint Charles, Missouri,  noviembre de 2012
Queridos jóvenes, alumnas, amigos: 
 
Sé que estos días les han hablado de mí, y quiero escribirles personalmente para ponerme en contacto con ustedes. No saben qué alegría me da saber que todavía hay personas con el deseo de ir más allá de lo que conocen. Las misiones fueron el gran sueño de mi vida. Me movía especialmente el deseo de vivir entre los indios de América. Ahí, entre ellos, quería morir.
Claro, muchos de ustedes no me conocen. Yo viví a principios del siglo XIX. En América ese fue el tiempo de los pioneros, en el que los indios eran desplazados de sus territorios para ser llevados cada vez más al oeste. En Francia, donde yo vivía, esa gente y esa tierra sonaban como algo muy lejano...
¿De dónde salió lo de América? Todo empezó cuando oí a un sacerdote hablar de que los indígenas de allá no conocían nuestra fe. ¿Cómo no iba a querer llevarles la noticia de Jesús? ¿Cómo no mostrarles su corazón? Pero la experiencia más fuerte fue la de un Jueves Santo. Ese Jueves me quedé hablando con Dios toda la noche... y una y otra vez se me venía la idea: América.
No quiero hacerles larga la historia. En 1818 me embarqué en el “Rebeca” rumbo a Missouri. Todavía tardé muchos años en cumplir mi sueño: tal vez  no lo van a creer, pero tenía 73 años cuando al fin me fui a vivir entre los Potowatomies. No piensen tampoco que me dediqué entonces a hacer grandes cosas, la verdad es que por más que lo intenté nunca pude aprender su lengua, así que oraba por ellos. Esa fue mi misión. Dicen que los indios me llamaban la-mujer-que-siempre-reza. Es lo más bonito que han dicho de mí.
Muchas veces me desesperaba porque parecía que lo que yo había soñado no se cumpliría. Me entraba inseguridad, me llegué a sentir bastante inútil. Tenía que recordar una frase que usaba mi amiga Sofía Barat: “Valor y confianza”. Paciencia.  Fueron años de esperar para llegar a la tierra de los indígenas. Pero valió la pena.
¿A dónde voy con todo esto? Creo que en el fondo lo que quiero es compartir con ustedes algo de lo que aprendí en mi vida. 
Lo primero tal vez, es que la vida no puede medirse en términos de “éxitos” y “fracasos”. Viéndolo bien, mi vida podría leerse como un gran fracaso: mis sueños se cumplieron en una medida pequeñísima. Y sin embargo, creo que en el fondo lo importante no era “la realización de mi sueño”, sino que de alguna manera colaboré en el plan de Dios. 
        Creo que otro gran aprendizaje fue que vale la pena arriesgarse en la vida. Y no porque nosotros seamos lo máximo. La verdad es que yo nunca me sentí muy segura de mí misma. En estos tiempos en que se usa tanto el tener una estupenda autoestima, creo que lo que a mí me sostuvo fue saber que el Señor iba delante de mí y era mi fuerza. Por eso me atreví a correr tantos riesgos. 
         Otro secreto: se puede vivir con pocas cosas, sencillamente. Si vieran "mi cuarto" en la casa en la que vivía, no lo creerían. En cambio, sí hay que poner todo nuestro esfuerzo para que no haya pobreza injusta. Yo puse todo mi corazón en defender nuestra escuela más pobre, y la posibilidad de ir cada vez más hacia la orilla, cada vez más "abajo". 
         Espero que a ustedes el Señor los ayude a vivir esa libertad que sirve para entregarse a la misión. Que puedan ser personas que se arriesgan, más seguros de la presencia de Dios que de sus propias cualidades.Yo sigo pidiendo por ustedes.


                                    Con mucho cariño
                                                                                               Filipina Duchesne,  rscj

jueves, 4 de octubre de 2012

El mejor lugar

Una hermana de mi comunidad estudia en Guanajuato, a una hora de distancia de donde vivimos. Como coincidimos poco, cuando puedo me gusta llevarla allá en el coche. Salimos tempranísimo y llegamos a tiempo para desayunar un pan de dulce antes de su hora de entrar a clases.
Guanajuato es una ciudad preciosa y que además me trae buenos recuerdos, así que la última vez que fui, pensé que era buena idea elegir un lugar bonito donde quedarme a rezar antes de volver a la casa.  Pero claro, las 8 de la mañana es hora pico, y entrar en coche al centro de Guanajuato es una locura.
Hmmm... ¿y si voy a la Presa? Impensable, nunca hay lugar para estacionarte. ¿Encontrar un café? Nada se veía suficientemente acogedor. ¿Y si mejor regreso a la casa y ya? Pero para entonces serían más de las 9, y empieza el movimiento: teléfono, gente, la presión del trabajo... Ya no queda mucho espacio para la oración.
De pronto me dí cuenta de que lo que estaba haciendo tenía una lógica bastante absurda. Si me estuviera acompañando mi mejor amiga y quisiéramos hablar, ciertamente pensaríamos dónde detenernos para estar a gusto... pero la conversación empezaría ahí, en el coche, en medio del tráfico.
¿Cuál es el mejor momento para hablar con alguien? Cuando esa persona está junto a ti. No necesitas tener un café delante. Ni un té. Ni esperar a llegar a un lugar especial. Todo eso pone un marco que puede ayudar, pero ¿por qué posponer la oportunidad de escuchar, de callar, de compartir? Lo único realmente necesario es estar presentes, y entonces cualquier espacio, cualquier momento, puede volverse memorable.

Di media vuelta y tomé la carretera. El sol de la mañana iluminaba los cerros. Dejé que los colores entraran por mis ojos y me fueran llenando.
Ahhh... la Presencia.
Y sin palabras dije: "¿Cómo ves, Señor? ¿Nos vamos a la casa?"

lunes, 27 de agosto de 2012

Caminar con Dios y con su pueblo

Uno de los regalos de este verano fue poder participar en la fiesta que organizaron la familia y la comunidad de  Celia, que había hecho los votos perpetuos en Roma el 1de julio.  Celia es indígena,  así que cuando hablo de su comunidad estoy hablando de toda la gente de su pueblo, El Mejay. También estoy hablando de los ñahñu del Valle del Mezquital,  que vinieron a la fiesta desde al menos 15 pueblos distintos.
La fiesta fue una larga liturgia:  tres días de celebración que nos permitieron tocar a Dios-con-nosotros.  Cada parte merecería un capitulo, así que comparto al menos mis reflexiones sobre la procesión de la primera tarde.

jueves, 28 de junio de 2012

Votos y Votos

Sin haberlo planeado, resulta que este domingo coinciden las elecciones en México con  la profesión perpetua de 12 Religiosas del Sagrado Corazón de distintas partes del mundo. Mientras aquí estaremos votando por algún candidato,  en Roma estas hermanas estarán haciendo votos perpetuos.  Estos días he estado dando vueltas a estos dos sentidos distintos de la palabra "votos".

Que nos jugamos mucho en las elecciones del domingo, desde luego. Es una de las pocas ocasiones en las que se escuchará la palabra colectiva de los mexicanos, aunque esa palabra no sea para nada única, ni consensada.  Cada quién tendrá sus propias razones para votar en un sentido u otro, incluyendo a quienes venderán el voto, o no votarán.  También esa es "palabra", aunque no nos guste.
Quienes votaremos después de informarnos, pensar, discutir e incluso rezar intensamente, lo haremos con la certeza de que estamos inclinando la balanza hacia un lado u otro. Por eso las campañas apasionadas.  Por eso los comentarios que inundan las redes sociales. Por eso también la angustia de los indecisos: porque sabemos que tachar una boleta, aunque parezca un gesto sencillo, tiene consecuencias.

Pero el otro sentido de la palabra "voto" es promesa, compromiso.  Los votos religiosos son un compromiso solemne y público de seguir a Jesús con toda la radicalidad posible; de modelar  nuestra vida, nuestra manera de relacionarnos con las personas y las cosas, desde los criterios del evangelio.
"En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo,
en presencia de María, Madre de la Iglesia, 
y de todos los que están aquí como testigos, 
yo, .......  queriendo seguir cada vez más de cerca a Jesucristo, 
prometo a Dios Todopoderoso, 
obediencia, pobreza y castidad perpetuas"
Es una lógica un poco loca.  En un contexto en donde se ha vuelto importantísimo lo que se dice en Twitter, en el que las noticias son sobre los ricos y famosos, en donde nos peleamos unos con otros con encuestas de opinión en la mano,  en una capilla de Roma estas 12 mujeres van a prometer entregar su vida entera a la misión de manifestar el amor de Dios. Se comprometen a estar disponibles, a vivir desde una actitud de servicio, a compartir todo lo que tienen sin buscar acumular bienes, a tener la mirada y el corazón junto a los pobres. Prometen vivir con el corazón abierto, ubicándose frente a todos y todas como hermanas y amigas. Lo van a hacer, como dice la fórmula de votos, "seguras de la fidelidad de Dios y del amor de sus hermanas".  Este acontecimiento no será "trend topic", no saldrá en ningún periódico y pasará desapercibido para casi todo el mundo.  Pero creo que, en cierto modo, estos votos tienen más carga de significado.

¿Qué pasaría si este domingo, mientras cada uno estamos en la casilla,  hiciéramos también un "voto" parecido?  Que al cruzar la boleta donde pensemos que es lo mejor, lo hagamos pensando:  "Yo, Fulana, me comprometo a vivir la justicia".  "Yo, Perengana, me comprometo a hablar con la verdad".  "Hoy hago voto de ser menos violento".  "Hoy,  prometo a Dios que miraré por los demás".  "Prometo que no esperaré otros 6 años para actuar como ciudadana y que me importe mi país".
Hay una canción que canta Mercedes Sosa y que estos días me ha acompañado, con toda su carga de responsabilidad, pero también de esperanza:
"El futuro está en tus manos
y en mi amor apasionado, 
el futuro está en tus manos
y en mi amor"
Es verdad que, en parte, el futuro de nuestro país está en nuestras manos; ojalá tengamos la lucidez necesaria para decidir lo mejor.  Pero la vida es más ancha,  y el futuro depende también de lo que hacemos con nuestro amor, si somos capaces de amar apasionadamente.
Clara Malo, rscj

domingo, 10 de junio de 2012

El cuerpo de Jesús


El jueves celebramos aquí en México la fiesta de Corpus, el Cuerpo de Cristo. En las parroquias se organizaron procesiones y momentos de adoración a la Eucaristía,  pero tengo la impresión de que a muchísima gente esta fiesta le ha ido quedando lejana.  También creo que el centrarnos en un aspecto, el de Jesús presente en el pan, no nos ha dejado espacio para agradecer lo básico:  Jesús tuvo cuerpo.  
El Hijo de Dios fue cuerpo, con todo lo que esto supone de gozo y de dolor. Lo que supone, sobre todo, de capacidad de relación. Creo  que la fiesta de Corpus es una oportunidad de agradecer con todo nuestro ser la cercanía y la solidaridad que encierra la encarnación.
Agradecer, por ejemplo, que Jesús haya tenido pies. Algo tan simple y evidente como eso: pies para caminar de un pueblo a otro, pies para ser besados y lavados por aquella mujer pecadora, pies cansados que lo hicieran sentarse a descansar junto a un pozo. Y ver entonces cada parte de su cuerpo y celebrar que con él tocara a los leprosos y abrazara a los niños; que permitiera que el discípulo amado se reclinara en su pecho o que una mujer lo ungiera con perfume.
Mirando el evangelio, impresiona ver en cuántas escenas destaca la corporalidad y todo lo que ésta expresa. Jesús toca, acaricia, es apretado por todas partes por la multitud; más tarde sería golpeado, azotado, traspasado. Y es que ahí, en el cuerpo, está también el medio para querer, para decir “esto soy”, para relacionarnos, para dejar que los demás se acerquen.
Por eso podemos agradecer también por el don de nuestros pies, nuestras manos, nuestro rostro o cada parte de este cuerpo nuestro, invitado a ser también “transparencia” de la presencia de Dios. Invitado a ser bendición para otros, entregado para el Reino. "Este es mi cuerpo, que se entrega por..."

¿Por quiénes entregas el tuyo?
Clara Malo C.  rscj